San Isidro, 06 de Febrero del 2002
El hombre: agente y parte de la degradación ecológica
y recurso del desarrollo sustentable[1]
(Man: As agent and part of ecological
degradation
and source of sustainable
development)
Por Mariano Querol[2]
Las
lecturas de historia
constituyen
"una lección constante de hasta
dónde
el hombre es un ser destinado a
cometer
enormes errores......, a padecerlos, a
pagarlos,
a volver a
caer en ellos,
sin
remedio, sin salvación
ninguna y,
al mismo tiempo, a disfrutar de la vida".
Alvaro
Mutis (entrevista citada
por
Consuelo Hernández).
El "homo brutalis" de que
habla Alonso-Fernández (1986) es el ser destructivo capaz de aniquilarse
a sí mismo y, al mismo tiempo, es el "homo
enteotropicus" que busca a Dios. El ser humano es el único animal que
puede, voluntariamente, ser el más cruel y nefasto del universo, el único que puede -por rencor, venganza o escarnio -aniquilar a toda una estirpe -varones, mujeres y
niños- de su misma especie, destruyendo
su habitat dejándolo en tabla rasa. Ese mismo ser puede, entregarse al peligro para salvar la vida
amenazada de miembros de su especie, alcanzar la exquisitez espiritual
trascendente y lanzarse a la creación de Dios ("homo enteogenicus").
Hay pues aspectos humanos exclusivos del ser
humano, que pueden agruparse bajo el concepto de humanismo, algunos de los
cuales son deseables: espiritualidad trascendente, esteticidad, afán de
conocimiento, propósitos constructivos, generación de bienestar propio y ajeno,
creatividad, tolerancia, empatía en función de aspectos puramente espirituales;
al mismo tiempo hay algunos
indeseables, que conforman el humanismo vitando, como la destructividad
indiscriminada, la crueldad, la falsía, la protervia, la
codicia y la violencia descarnada. (Querol, M.,1996).
Entendiendo por desarrollo humano la mejora
de la calidad de vida y la posibilidad de creación con contenido espiritual trascendente, existen diferencias
abismales entre el desarrollo -poblacional, político educativo, cultural,
estético y espiritual- de, por ejemplo,
gente de la comunidad europea (con todas las diferencias subculturales que en
ella pudiera haber) con el de los grupos humanos que viven en la amazonía o en
las zonas desertificadas de África.
El hombre "desarrollado" es el
agente depredador más violento y eficaz del planeta; es el único ser viviente
que produce basura, en su mayor parte,
no biodegradable; ha sido y es el
agente del deterioro del ecosistema y, dialécticamente, viene siendo el
promotor del desarrollo sustentable (DS). Al mismo tiempo es un componente más
dentro del sistema general ecológico y por ello también es susceptible de biodegradación. Es patente
que el desarrollo o degradación
absolutos -sea individual o grupal- y de desarrollo o degradación
relativos frente al proceso, de desarrollo o de deterioro, de otros individuos o grupos, aumenta cada vez más el
clivaje entre grupos, regiones o países desarrollados y aquellos en "vía de desarrollo", subdesarrollados y en proceso de subdesarrollo progresivo.
La actividad espontánea del hombre se orienta, por afán de poder y
codicia económica, hacia la biodegradación planetaria que incluye la del recurso humano, especialmente en lo más deseable de su humanismo,
esto es su espiritualidad trascendente.
Basta ver lo que está sucediendo en todo el mundo y lo que ha sucedido en
países y hasta continentes que han sido
conquistados y colonizados donde, si no ha habido degradación ambiental espectacular, ha habido
degradación humana y, en otros casos, aniquilamiento de la masa
aborigen, con desaparición de su cultura y de su identidad (Fanon, 1981,
Flores Galindo, 1989).
Biodegradados por acción de la
violencia secular estos grupos humanos expoliados no encuentran un
derrotero concorde con la realidad en que viven: están liberados de presiones educativas y al mismo tiempo se les
ha privado de tradiciones de suficiente peso como para mantener en alto su
condición humana: son al par una rémora violenta en el desarrollo y el
resultado de un proceso que fue truncado en su desarrollo por acción violenta.
Los indicadores del desarrollo, del tipo
económico-financiero, han de ser
reemplazados por indicadores de desarrollo en función del concepto bioético de bienestar económico neto (Chesney,
1993), que va de la mano con la calidad de vida. Merced a su realización
humanística -logrando el desarrollo predominante del humanismo deseable y el
acallamiento del humanismo vitando- el ser humano pretende, a la larga, una
mejora de la calidad de vida de sus compañeros y de la sociedad en general, a
través del reconocimiento de una
estructura sistémica de nivel
universal, infinito,
teleonómico, uno de cuyas
integrantes es la salud humana integral definida como el estado de bienestar
consecuente al equilibrio dinámico, armónico e integrado de lo biológico,
psicosocial, ecológico y espiritual -y
no sólo como la ausencia de enfermedad-
que se manifiesta como la capacidad de la persona humana de reconocerse como
miembro libre dentro de una determinada
sociedad y de relacionarse objetiva, participativa, armoniosa y libremente con su medio, creando mayor bienestar para
él y para los demás, adquiriendo por
ello un sentido para su existencia y alcanzando así una vida con
espiritualidad en la realización de
valores intelectuales, estéticos, religiosos, sociales, políticos,
eróticos, biófilos y metafísicos
trascendentes. (QUEROL, 1993,
con modificaciones).
Según Lorenz (1975), los ocho pecados
mortales de la humanidad civilizada son: 1.- Superpoblación. 2.-Asolamiento del
espacio vital. 3.-La competencia consigo mismo. 4.- Muerte en vida del
sentimiento. 5.- Decadencia genética. 6.- Quebrantamiento de la tradición.
7.-Formación indoctrinada. 8.- Las armas nucleares. El común denominador de los
problemas humanos, enunciados más
arriba, es que están signados por la
violencia, particularmente como codicia, y por la disnomia (conflicto de las
escalas valorativas de la conducta humana).
El listado anterior constituye un diagnóstico que, en todos y cada uno
de sus puntos, presupone una merma de la calidad de vida, particularmente en la
que concierne a la ecología interna y externa (Mariátegui, 1978), y a la
posibilidad de alcanzar la salud integral.
Las conductas violentas son las generadoras
más importantes de malestar espiritual que, a su vez, es uno de los generadores
más importantes de las conductas violentas; se trata de un proceso dialéctico,
estructural sistémico abierto, como lo son la vida (Von Bertalanfy, 1976)
y la salud, con componentes éticos no teleológicos sino teleonómicos (Francois,
1996) esto es que, tanto los fines como
la moral, se modifican de acuerdo con
la evolución del sistema.
Aunque la persona humana no lo sepa, su vida
transcurre en la realización de esencias y valores entre los que han de considerarse los sociales, estéticos, intelectuales, económicos, eróticos,
políticos y religiosos (Spranger,
1948), biófilos y metafísicos.
Del inadecuado balance de este esfuerzo por la plasmación de valores
-cuando el desbalance se manifiesta en una
dialéctica irresuelta de tesis-antítesis-síntesis: lo bueno-lo malo-la
conducta- surgen la disnomia y las conductas protervas.
El ser humano -considerado como el agente plasmador de valores
plausibles en su espiritualidad, ternura, generosidad y solidaridad- estaría
orientado hacia el alcance de un humanismo deseable, pacificador,
fundamentado en la búsqueda del bienestar generador de placer y de belleza, en
el contacto ecológico interno y externo, consigo mismo, con el otro y con lo
otro.
Lamentablemente ese mismo filosofar hace ver
que el ser humano se mueve en un mundo
no sólo de hadas sino en el que
hay trasgos. En el ecosistema se dan
ideales creativos y destructivos, valores inasibles y asibles, en continuo proceso de cambio, susceptible
de mejorar la condición humana y, en otros casos, de generar desventajas para
el ser humano. En este proceso
dialéctico, los valores, incluso los considerados absolutos, son banalizados y
van cambiando para estructurarse como relativos frente a los absolutos, y como conflictivamente contradictorios
frente a los que priman en otro lugar o primaron en otro momento del desarrollo
humano.
El malestar espiritual esta dado por la existencia de variantes valorativas,
intraindividuales e interindividuales no aceptadas ni toleradas. No se trata de la anomia que, significaría
una falta de valores, sino de la existencia del conflicto dada la existencia de
diferentes escalas de valores, de una polinomia o de una disnomia, que genera
enfrentamientos con los otros y constituye el punto de partida de la violencia.
En la búsqueda de la realización de valores
la persona se enfrenta con la trascendencia a la que se orienta, así él no se
lo proponga. Cuanto más propósito de
trascendencia hay, más se aleja el animal humano -"homo axiológicus"- de los otros animales. El problema es que, como se acaba de ver, la
búsqueda de trascendencia puede corresponder a la realización de valores que
pueden ser buenos para quien los despliega y malos para quien sufre el
despliegue de los presuntos valores
buenos.
A nadie escapa la existencia de un malestar
ecológico, social y espiritual cada vez más marcado (Paz, 1995, págs.
200-202). No debe olvidarse que para el
individuo la existencia del otro y de los otros forma parte de su ecología
externa. Asimismo la ecología interna
contiene la conciencia de sí, la imagen
de sí con sus componentes éticos (Mariátegui, J. 1978). Planteado
dialécticamente, esto es como existencia de la negación en la propuesta
afirmativa (Valls, 1981), el bienestar y el malestar ecológico, social y
espiritual pueden contraponerse al del otro o de los otros.
Ahora bien la existencia de un planteamiento
filosófico fundamentado en la razón no
excluye, en el sistema, la existencia de la
mentalidad prelógica en la que se asientan la intuición, las creencias,
las ideologías y la explicación e interpretación consecuentes y muchas veces infundadas. Es esta coexistencia la que genera otro, de
los tantos aspectos de la dialéctica
filosófica del ser que,
paulatinamente, se va topando con la
alternancia y la coexistencia de las antinomias: infinito-finito,
realidad-irrealidad, vida-muerte, quietud-movimiento, axiológico-anómico,
trascendente-intrascendente, sintónico-distónico, bueno-malo, eros-fobos,
sofos-idios, ataraxia-algos, delos-caos (Querol, 1993A), en los que la
mentalidad prelógica juega un papel fundamental para la relación adecuada del
hombre con la naturaleza (Polo, 1997), a la que confiere su contenido
mágico.
El criterio integrativo aplicable a la
búsqueda de un DS ha de resultar en una metalegislación flexible -asentada en conceptos educativos
sistémicos, bioéticos, ataracticos y ecológicos- conducentes a mejorar la calidad
de vida de los seres humanos.
El DS ha de tener como fundamento el incremento de la libertad y de la
tolerancia respecto de la libertad ajena, el aumento de la solidaridad, la
disminución de la ignorancia, el aumento de la autoestima que permita el
diálogo cara a cara, la disminución de la pobreza, la disminución de las
frustraciones, la preservación de la ecología y el mantenimiento de la
biodiversidad. (Chesney, 1993). El DS sólo puede darse cuando el
individuo, la sociedad y el medio ambiente, como sistema integrado están en condiciones
de salud integral definida en párrafos anteriores.
La bioética como integración sistémica, de diversas disciplinas, para lograr
una humanización valiosa de las
condiciones de vida (Mainetti, 1991), ofrece alternativas para
afrontar los problemas, que merman el
DS del ser humano, cuyo común
denominador es la violencia que, en el
contexto del presente trabajo, se la relaciona con un inadecuado manejo de la
biodiversidad en particular y de la ecología en sentido amplio.
Se debe reconocer que la voz bioética ha de
ser lo suficientemente fuerte, como
para que las contradicciones, que se
dan en lo que es la violencia, en sus consecuencias ecológicas y en sus
antecedentes históricos, se aminoren, se aclaren, se vean con más serenidad
y de ello pueda resultar una
solución sistémica más equitativa, adecuada y más integral, menos controlista y destructiva y que, tome en
cuenta la realidad diversa, esto es la
desigualdad de los seres
humanos, en su posibilidad de amar, de ser tolerantes y de ser solidarios. El
amor es el pacificador por excelencia.
Que este discurso sirva, cuando menos, para
el conocimiento de un humanismo integral
donde se sepa qué aspectos han de promoverse, cuales han de evitarse y
por que medios pacíficos ha de lograrse este objetivo, valioso y trascendente,
que a la larga significa una expresión de amor de cada uno de nosotros hacia
cada uno de los otros que somos también nosotros. No quedemos "secuestrados por nuestras propias
limitaciones" y que nuestro "espíritu libre sepa sortear
este momento que, finalmente transcurre entre seres humanos asustados de
la vida, desconcertados ante la imposibilidad de ver en el otro al prójimo que
puede ser uno mismo" (Escobar, 1996).
En los proyectos destinados a lograr un DS
se ha de tener en cuenta la condición violenta y codiciosa del ser humano que, ofuscado por su
vehemencia y codicia, destruye su propio habitat; consecuentemente se
han de buscar alternativas y derivativos a la violencia a través de un proceso
educativo pacificador que permita aminorar
la violencia y la codicia para que su resultante sea, a la larga, más
constructivo que destructivo para la biodiversidad de la cual el hombre mismo
es parte. Aquí es donde es imprescindible contar con la sabiduría prelógica de
los aborígenes, y en especial los campesinos, que han demostrado ser los que
mejor han podido conservar la biodiversidad del ecosistema que habitan (Querol,
D. y col. 1996).
Tan sólo cuando la agresión sea reconocida y
aceptada -dentro de si mismo y por cada uno de nosotros- se podrán buscar
alternativas que la utilicen en servicio de la vida, del individuo y de la
especie. No es el caso de impedir la agresión
sino aminorar la violencia
destructiva o indiscriminada. La agresión, aunque a veces desagradable,
es, como el amor, lo que hace factible que el hombre sea. Sólo el pensamiento dialéctico logra
integrar la creación con el apocalipsis y permitir que el ser siga siendo, como
parte que es del DS, así haya que recurrir a la violencia controlada, cuando lo
que se pretende es acallar las voces sanas y libres de todos y de cada uno de
nosotros.
Resumen
El hombre es el agente depredador más
violento y eficaz del planeta; es el único ser viviente que produce basura, en
su mayor parte, no biodegradable. El hombre ha sido y es el agente del
deterioro ecológico y, dialécticamente, viene siendo el promotor del desarrollo
sustentable (DS). La actividad espontánea del hombre se orienta, por afán de
poder y codicia económica, hacia la biodegradación planetaria, lo que incluye
la del recurso humano, especialmente en lo más deseable, del ser humano, esto
es su espiritualidad trascendente. Cabe pensar en una degradación absoluta sea
de un individuo o de grupos humanos y de una degración relativa frente al desarrollo
o deterioro, de otro individuo o de
otros grupos, aumentando el
clivaje entre ellos. Los
proyectos destinados a lograr un DS han de tener en cuenta, en primerísimo
lugar, la condición violenta y codiciosa del ser humano; en segundo lugar la consideración
bioética, como mejora de la calidad de vida, por la integración de diversas
disciplinas y medios dentro de una estructura sistémica; en tercer lugar han de
considerar la equidad dada la coexistencia de etnias culturas, religiones, y
ecologías diferentes, sustentando la flexibilización de las normas, programas,
códigos o legislaciones orientados a
lograr la convivencia pacífica de los seres humanos en el planeta al que, hasta ahora, siguen destruyendo; en
cuarto lugar han de considerar alternativas y derivativos para la violencia a
través de un proceso educativo.
Palabras clave: Desarrollo sustentable –
ecología – degradación planetaria – violencia – codicia.
Summary
Man is the most violent and efficient predator agent of the planet; he is the only living being that produces trash, mostly non biodegradable. Man has been, and is, the agent of ecological damage, and dialectically, the promoter of sustainable development (SD). Man’s activity is spontaneously directed towards his craving for power and economical greed, towards planetary biodegradation which includes human resources, specially in what is most desirable for a human being, that is, his transcendent spirituality. It is possible to think about an absolute degradation, weather it be of an individual or of human groups; and about a relative degradation, in opposition to the development or decay of another individual or other human groups thus increasing the cleavage among them.
The projects destined to attain a sustainable
development have to consider, in first place, the violent and greedy condition
of human beings; in second place, the consideration of bioethics as an
improvement of the quality of life by the integration of diverse disciplines
and means in a systemic structure; in third place, equity, given the
coexistence of different ethnias, cultures, religions and different ecologies,
sustaining the flexibility of norms, programs, codes or laws oriented to attain
a pacific coexistence of the human beings of this planet, wich they keep on
destroying; in fourth place alternatives and derivatites to combat violence
through a process of education should also be considered.
Key words: Sustainable development, ecology,
planetary degradation, violence, greed
1. Paper partially presented during the XIV International Conference of
Wacra-Spain, on sustainable Development, the Universidad Complutense de Madrid,
from 16-19 of September, 1997.
Presented for its
publication in February 2002.
2. Emeritus Professor of the Universidad Peruana Cayetano Heredia.
Psje.
San Alejandro 146, San Isidro, Lima 27, Perù.
Phone:
4408962, Telefax: (511)4417696, Email:mquerol@terra.com.pe
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MQ/rr/DESASUST.697
[1] Trabajo presentando
parcialmente en la XIV Conferencia
Internacional de Wacra – España sobre Desarrollo Sostenible, en la Universidad
Complutense de Madrid, del 16-19 de Setiembre de 1997.
Texto incluido en la
Pre-Conference Publication, Vol. 2, September 5th, 1997.
Presentado
para publicación en Marzo del 2002.