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Lo humano y lo inhumano en el hombre[1]

 

 

(un ensayo en torno a la dialéctica posmoderna  y su significado para el tener y ser en el seno de multisistemas abiertos cambiantes)

 

 

Por Mariano Querol[2]


Contenido

 

           

........... Agradecimientos. 3

1.-....... Exordio galeato. 3

2.- ...... Hitos y posicionamiento históricos. 3

3.-....... Distintivos de la posmodernidad. 4

4.-....... El hombre consigo mismo. 7

5.- ...... La conducta humana. 8

6.-....... Los valores y el humanismo. 10

7.-....... La telencefalización del animal humano. 14

8.-....... La dialéctica,  el integracionismo y la sistémica. 15

9.-....... Los disvalores: el hombre contra sí mismo. 16

10.-..... El inhumanismo histórico. 18

11.-..... Sistemas y organización. 19

12.-..... La dignidad  de la organización. 20

13.-..... Resumen sin conclusiones. 24

14.- .... Referencias y notas bibliográficas. 26

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

            Agradecimientos

            De entre el sinnúmero de personas que han permitido  que este trabajo salga a la luz, por un mínimo de reconocimiento  tengo que nombrar, muy especialmente al Dr. Rosendo Romero que fue el impulsor del tema; a Daniel Querol, mi hijo, que me ha seguido enseñando  parte de lo que aquí se ha escrito; a Carlos Torres por la lectura atinada, crítica y enriquecedora del manuscrito; a Rocío Rojas por su dedicada, paciente, eficiente y pacificadora labor secretarial. Sin el aporte de todos y cada uno de ellos, las líneas que siguen no habrían tenido  el valer, cualquiera que éste sea, que cada lector pueda atribuirles.

 

1.-       Exordio galeato

Lo que sigue no es una guía práctica de normas éticas y de conducta, constituye  una lectura de los  avatares  de los conflictos, entre lo más oscuro y lo más luminoso del ser humano, que se suceden  ininterrumpidamente  en cada uno de nosotros. Por eso y porque  el asunto compromete diferentes órdenes  del saber es que se  explora filosóficamente  en el tema de la dignidad-indignidad del hombre teniendo en consideración que, sea cual sea el ser o la organización de que se hable, estas líneas van dirigidas a personas enfrentadas al reto de modificar, para bien, el mundo en que viven, a partir de una educación y cultura superiores, cumpliendo el anhelo de que  "el arquetipo del individuo formado en el ámbito de la esencia universitaria, es aquel que alcanza una forma de vida, impecable y plena en un mundo que se esfuerza por abarcar con unción, merced a su visión sintetizadora y humanística."  (Querol, 1967).

 

2.-       Hitos y posicionamiento históricos

Tradicionalmente los periodos históricos han sido: la prehistoria  que va desde la edad de piedra hasta  la aparición de las primeras civilizaciones  que usaron metales y símbolos para transmitir al futuro los hechos y acontecimientos de su presente; la edad antigua que va desde el surgimiento de hordas “civilizadas” y de asentamientos sociales hasta la caída del Imperio Romano en el siglo V D.C.;  la edad media  que transcurre desde ese entonces hasta fines del siglo XV con la toma de Constantinopla  por los turcos, la expansión violenta de los europeos por el mundo  y su llegada documentada a América, y el proceso del renacimiento, con su énfasis en el valer de la persona humana, en franca contradicción con la crueldad de las conquistas de las etnias más débiles por las más  poderosas;  la edad moderna que discurre desde esos momentos, a  fines del S XIV,  hasta la Revolución Francesa en 1789; a partir  de ese  acontecimiento empieza la  usualmente llamada edad contemporánea que, implícitamente, dura hasta nuestros días. Ahora bien, como el término contemporáneo es aplicable para lo  vivido  de modo sincrónico en cada momento, la edad contemporánea es  la que a cada cual de nuestros  antepasados le tocó vivir en su momento,  la que nos toca   vivir a nosotros y la que les tocará  a nuestros descendientes. Lo contemporáneo indica  una sincronía y  las edades, como las eras y los periodos,  son planteamientos  diacrónicos telúricos y de la historia.

 

Aquí se plantea que concluida la edad moderna, con la revolución francesa, lo que sigue es la posmodernidad,  con las características que se indican en el numeral 2 y que se han ido  afianzando cada vez más y más aceleradamente con el paso del tiempo, desde fines del siglo XVIII hasta fines del XX que corresponde al transcurso de la edad posmoderna.

 

Por otra parte la arqueología y la historia permiten darse cuenta que los periodos y  edades –prehistóricos e históricas- van siendo cada vez más cortas; en vista de los cambios tan significativos que la posmodernidad ya ha traído consigo, es dable pensar  que los momentos que vivimos presagian  el comienzo de una nueva edad en la historia de la  humanidad.

 

3.-       Distintivos de la posmodernidad

Por lo que concierne a la posmodernidad que nos toca vivir ella tiene características, en  lo que respecta al proceso  de cambio  generado a partir del accionar del ser humano, que podrían    plantearse, sin pretender ser  exhaustivos, como:

1.-       El inmenso desarrollo tecnológico con adelantos omnímodos, esto es abarcativos,  cada vez más  acelerados.  Entre ellos cabe destacar:

1.1.-    La industrialización, la automatización, la internacionalización, la masificación informativa, la mundialización de ideologías contradictorias  y la globalización por redes energéticas. Todas ellas constituyen procesos muy desiguales, variables según las regiones, etnias  y países lo que, a la larga, ha significado  un estrechamiento de vínculos así como un  aumento de las diferencias: por ejemplo la sima existente entre los diferentes países, en el comienzo de la posmodernidad, se ha visto agigantado por la paradigmática diferencia entre países desarrollados y subdesarrollados,  más marcada por el  desequilibrio de fuerzas entre los que fueron países colonizadores y países colonizados.  En la actualidad esta diferencia se ha agrandado  y diversificado y, entre países desarrollados y subdesarrollados, la brecha se va haciendo más grande y más insalvable a medida que el tiempo pasa.

 

1.2.-    La fisión atómica que, por lo mismo que  ha sido realizada,  determina una contradicción con el hecho de que ésta era se  viene llamando la era atómica cuando,  en realidad, durante la posmodernidad,  se ha pasado de la era atómica a la era tómica en que la última partícula  del cosmos, pensada como  indivisible, ha sido hecha explosionar, permitiendo reconocer la continuidad, la coexistencia, la mutabilidad, la reversibilidad y la relatividad de materia y energía.

 

2.-       La  mayor atención puesta, sobre todo a partir de comienzos del siglo XIX,   en la libertad del individuo y la igualdad de los seres humanos, enfatizando  el valer de la dignidad y de los derechos humanos,   asunto que, salvo excepciones,  ni se ponía en consideración en siglos anteriores y que ha traído consecuencias fundamentales tales como:

2.1.-    La abolición de la esclavitud que aunque todavía no es total  va siendo, por lo menos aparentemente, cada vez más completa.

 

2.2.-    El reconocimiento de los derechos del niño.

2.3.-    La liberación de la mujer, promovida por la mujer, y  su  conquista, jalonada de violencia,  de la igualdad con el varón, fundamentos estos de la revolución sexual.

 

Estos  hechos han significado, en forma teórica y práctica, una duplicación de las  fuerzas de la humanidad en lo que concierne a creación y valimiento. La incorporación de la mujer a lo político, su acceso a las profesiones, antes consideradas como terreno del varón, y el reconocimiento  de la labor doméstica como una profesión constituyen aspectos fundamentales de la  posmodernidad.

 

3.-       La continua creación, progresión y difusión, de la cosmovisión, de la concepción del mundo  y de la concepción de sí mismo del ser humano  a través de un metafilosofar, algunos de cuyos componentes son:

3.1.-    Una relativización creciente  del concepto de lo absoluto con merma   del pensamiento  dogmático.

 

3.2.-    Revisión de la ética absoluta y  asunción de varias éticas posibles.

 

3.3.-    La puesta en tela de juicio de las categorías, apodícticas, con aceptación de la existencia de contradicciones posibles en cada una de ellas -que una cosa puede ser lo que no es, que una cosa no es forzosamente idéntica a sí misma-  gracias al manejo creciente del pensamiento dialéctico frente a la asimilación identificatoria, como equivalencia axiomática, de la razón con la lógica, de la idea con lo absoluto y de lo dogmático con lo verdadero.

 

3.4.-    Manejo de las concepciones sistémicas e integrativas conducentes al planteamiento, cada vez más frecuente, de la multicausalidad fenoménica y conductual.

 

3.5.-    Surgimiento de  la concepción de la  salud como calidad de vida, reconocimiento del valor de lo ecológico, la búsqueda de un desarrollo sustentable y los esfuerzos por la implementación de los planteamientos de la bioética.

 

3.6.-    Flexibilización  del pensamiento  positivista, cientificista y dogmático, con disminución  del maniqueísmo de la igualdad inequitativa y del imperio de la razón, tal como lo plantea Octavio Paz: “El siglo XIX heredó  de la Enciclopedia la idea de un hombre universal, el mismo  en todas las latitudes; nosotros, en el siglo XX, hemos descubierto al hombre plural, distinto  en cada  parte. La universalidad para nosotros  no es el monólogo de la razón sino el diálogo de los hombres y las culturas. Universalidad significa pluralidad”.

 

4.-       El hombre consigo mismo

Cuando estoy en soledad estoy conmigo, soy yo (en inglés “I”, en griego “ego”) y mi mismidad en inglés (“myself”); no estoy pues solo: de la unidad he pasado a la dualidad. Estoy yo con esa parte profunda de mi mismidad (según Juan Pablo II esa parte es  Dios, cosa discutible y con tufo a soberbia, salvo que, con posición panteísta, eso mismo sea válido para  cualquier ser  o ente –desde un orangután hasta un grano de arena, desde una guerra hasta una obra de arte-) que está forzosa y  libremente conmigo mismo. Lo cierto es que  esa dualidad que soy yo  no solamente es  sino que está en algún lugar y tiempo. Empero  no hay sólo dos componentes  (dialécticos, antinómicos, complementarios), sino tres: la unidad, que es dualidad,  pasa a la noción de otra dualidad.  La primera está  estructurada por lo  que es el yo  y la mismidad a lo que se agrega el algo (Ricoeur), esto es la realidad temporoespacial.  Ese algo,   bien sea dentro de mí o fuera de mí,  soy  yo mismo y algo, lo   que viene a ser: estoy con y en mi ambiente interno y en el  ambiente fuera de mí, esto es que estoy yo  con mi ecología interna y mi ecología externa. Se trata pues del hombre consigo mismo y con su ambiente externo. La unidad contiene la  dualidad, que deviene en  trinidad dentro  de la unidad. Verbalizo así el animismo primitivo,  una forma encubierta de la trinidad que, en este caso, no es creación resultante de un algo o alguien (dios, demonio u otro constructor también surgido de mi  mismidad) aparentemente  ajeno a mí,  sino que surge de mi interioridad en tanto que  no puedo escapar a mi ser-estar solo: no creo en Dios, creo a dios. Esto es  soy yo solamente el que  estoy  enfrentado al mundo, y contenido en él, en una concepción dialéctica de comienzo-fin, finitud-infinitud, centramiento-expansión. Estas dualidades se dan no solamente aquí sino también allá, de lo que resulta mi trascendencia y por ende  la (mi) espiritualidad como posibilidad de un estar en otro orden (sitio, mundo, estrato, contexto, cosmos) sin  ello forzosamente tener que ser  percibido, por mí o por otro. La intuición, la clarividencia, el éxtasis, lo esotérico, la telepatía, el espíritu del vino,  de las cocciones brujescas, mágicas, shamánicas, permitían, y permiten, la expansión -enteogénica o no, esto es generadora de dioses o no- del ser hacia lo infinito. Estar aquí y ahora (finito) y ser (infinito) constituyen, como todas las dualidades, la posibilidad de una  trinidad múltiple que se esboza con el surgimiento de la dualidad finitud-infinitud y su integración en el algo: algo hay aquí o  ahí, algo debe haber,  algo debe haber habido aquí, algo debe haber después, algo debe haber habido antes  del después y así sucesivamente y de modo infinitamente indefinido,  definible sólo  y dudosamente a través del  pensar y del filosofar como ya lo hicieron los taoístas hace alrededor  de cuatro mil años (Lao Tse),  en la búsqueda del ser misterioso de lo desconocido (Boorstin),  sin desmedro   que   nuestro destino sea el lograr, por   momentos y gracias a nuestra afán de comprender, aprehender que el conocimiento está  en saber que se desconoce. Cada ser es el centro de su universo (no es pues de sorprender la diversidad, valedera, de cosmovisiones) al que da origen y modifica: de lo individual surge lo social.

 

5.-       La conducta humana

La etología estudia la conducta tanto  de los seres humanos como de los otros animales. Los animales se expresan en su conducta   cuyo medio de ejecución es el cuerpo. En la conducta del animal humano hay que tener en cuenta el juego de fuerzas que surgen de dentro como impulsos –esto es los instintos que en el caso del hombre están  algo modificados, cuando  menos periféricamente, por fuerzas que vienen del exterior como  mandatos y normas educativas, sociales,  culturales y étnicas-. Ellos constituyen fuerzas, que se manifiestan como  necesidades, que requieren satisfacción,   que se orientan hacia el buscar,  conseguir y tener, a veces tener y dar, otras veces  esperar y recibir, tener y retener, posibilidades estas  que se entremezclan entre sí, teleológicamente con la expectativa de lograr y  recibir y, sobre todo en el  animal humano, con la posibilidad consciente y voluntaria de esperar, postergando la satisfacción del impulso.  Los diversos impulsos básicos  como el comer, beber,  socializarse, dormir,  defecar y orinar, asombrarse, conocer y crear, autoafirmarse, imponerse y prevalecer, constituyen procesos  tendientes no solo a la manutención del cuerpo  sino conducentes a la realización de esencias trascendentes –que van mas allá de la  propia existencia física- tales como serían las éticas, las religiosas, las sociales, las estéticas, las políticas y  las de conocimiento.  Estos impulsos confieren  tonalidad  teleonómica (esto es cuyas metas no son objetivos teleológicos racionales, sino tendientes a lograr metas normativas esenciales) al estilo de vida personal (v. Bertalanffi).

 

Con frecuencia y en grado  variable estos impulsos se combinan con apetencia,  afán, ansia, deseo de lograr el fin propuesto y devienen en una  compulsión, o un conjunto de compulsiones, conformando  verdaderas adicciones.  Lo deseable, deseado y ansiado  hasta el paroxismo  de la repetición, por búsqueda de satisfacción que resulta insatisfactoria, puede ser el éxtasis espiritual,  la iluminación religiosa,  el reconocimiento social, la plasmación estética, la obtención de poder, el alcanzar el conocimiento,  el ansia de la verdad, el tener (acumular) bienes asibles, lo que incluye la acumulación del dinero esto es la codicia  numularia,  el recibir el cariño de otro, el placer,  la realización erótica. Lo común a todas estas búsquedas es que el intento indiscriminado y compulsivo de satisfacer la insatisfacción  de cualquier impulso, constituye  la adicción.

 

Aunque no son impulsos  básicos hay que  incluir las fuerzas, a veces más poderosas que las surgidas directamente de los impulsos, brotadas de la añoranza de lo que se intuye que no se tiene, el ansia de lograr  lo que no se ha logrado así sea  lo inalcanzable desconocido, el sufrir por aquello  que no se logra, el lamentarse –más o menos  poética o violentamente- como expresión de la frustración por aquello que no se tiene y que constituye  el furor de los desadaptados, el lamento de  los desvalidos y de los que no logran sus objetivos,  así sean estos justos y equitativos y así estén orientados a la búsqueda de valores.

 

Los impulsos, siempre  poderosísimos aunque no  siempre expresados  como tales sino, metafóricamente, traducidos  en la figura de otro impulso, incluso uno que sea contradictorio,  aparecen como una necesidad, más o menos imperiosa, que busca una  satisfacción más o menos inmediata, que conduce a la búsqueda, incluso criminosa e insana,  del logro anhelado y confiere a esta ansia  el carácter destructivo en vez de constructivo, malsano  en  vez de saludable.

 

La satisfacción de  impulsos genera una gran satisfacción personal, más o menos duradera y usualmente sólo pasajera, resultante en autoafirmación  variable según las personas, que refuerza la repetición de la conducta  mientras sea generadora de placer  hasta que el placer se convierte en un objetivo en si, sin consideración con algo que puede tener un contenido altruista: la satisfacción se torna totalmente egoísta. Esta búsqueda adictiva del placer constituye, una de las características de la posmodernidad y del hombre contemporáneo, la buena parte asentada en la crisis de la religión y de lo histórico como posibilidad de construir paraísos utópicos, lo que afinca  al ser humano en el goce de su presente.

 

6.-       Los valores y el humanismo

Sin perder de vista lo económico,  el término valor  se utiliza  aquí más bien con connotación de nivel de calidad de vida humana, con un matiz ético-moral, como el conjunto  de aquello que conforma la axiología (del griego axioma, que originalmente es dignidad),  que se ha considerado como  el fundamento de lo que debe ser  el hombre.  La axiología se ocupa justamente de aquello que por su alto valor y valer es susceptible de mantenerse y enaltecerse, y se ha considerado como el fundamento de algo que no necesita ser demostrado por ser evidente y reconocido por todos.   Esto último no es usualmente aceptado el día de hoy ya que es cada vez más  predominante la concepción  y los planteamientos que asumen los valores como relativos.  Los valores  tienen características que  se resumen en:

 

1.-        El valer, es decir,  que todo valor es polivalente, válido, y en ese sentido puede ser deseable o indeseable, esto es un disvalor.

 

2.-       Objetividad ya que no dependen de las preferencias individuales sino que se asume que se dan  en una esfera  ontológica diferente al ser propiamente dicho.

 

3.-       Son  interdependientes tanto entre sí como en su relación a las cosas.   Son predicaciones del ser; en algunos casos se  consideran que son objetivos del ser; o deberes del ser; constituyendo la deontología (deon, -ontos:deber).

 

4.-       Polaridad. Este componente del valor hace que  cada valor tenga su contraparte: a  un valor   “positivo” se contrapone un valor “negativo”; a estos  valores “negativos” se los denomina disvalores. La polaridad puede variar, según las escalas de valores,  lo que es valor positivo en una  puede ser negativo en otras.

 

5.-       Los valores son  entidades no  mensurables ni precisables y tienen validez cualitativa más no cuantitativa. Hay  quienes  hablan de una jerarquía de los valores pero  el ordenamiento constituye un proceso subjetivo que hace que las jerarquías valorativas, o tablas de valores, varíen.

 

6.-       Los valores  son cambiantes por su surgimiento en las diferentes edades históricas, por la perspectiva que en cada momento histórico  se tiene en cuanto a la  concepción del mundo y porque   varían con  la cultura en general y en función de los  componentes religiosos, la etnicidad y otros factores que van cambiando con el tiempo.  

 

Por lo dicho es claro que el  tema  de los valores está siempre  en revisión. Se presentan a continuación aquellos que pueden considerarse fundamentales en nuestra  cultura y  que afectan nuestro diario vivir.

 

1.-        Valores éticos (morales), donde la contraposición es entre bueno y malo,   y lo deseable  es la consecución del bien  (Wolf).

 

2.-        Los valores morales (éticos) cuyos polos van de lo justo a lo injusto  con búsqueda de la  equidad y de la justicia.

 

3.-        Valores eróticos cuya polaridad va de lo erótico propiamente dicho (de eros amor) al  rechazo (lo fóbico)  en la búsqueda del amor.

 

4.-        Valores vitales   donde se contraponen la vida (bios) y la muerte (tánatos) y se pone en juego  la concepción de la inmortalidad como supervivencia.

 

5.-        Valores bioéticos  en los que la polaridad es el bienestar–malestar humano y  lo deseable es el fomento de la calidad de la vida del hombre.

 

6.-        Valores estéticos donde  se contraponen lo bello y lo feo en lo que será la concepción del arte.

 

7.-        Los valores  del conocimiento, verdadero-falso,  con la posibilidad de alcanzar la sabiduría.

 

8.-        Los valores religiosos, donde se confronta lo sagrado con lo profano, en la búsqueda de la santidad.

 

9.-        Valores místicos  que van de lo finito (finitud) a lo infinito  y cuyo camino es el éxtasis.

 

10.-     Los valores espirituales que van de la inmanencia a la trascendencia con búsqueda de  esta última, como  o en la eternidad en el más alto sentido. Hay quienes consideran que todo valor lleva consigo un componente espiritual.

 

11.-     Valores hedonísticos con la polaridad  desagrado–agrado y que se orientan hacia la búsqueda  del placer. El acercamiento a cada valor es fuente de valor  hedonístico agradable; la frustración en el  logro de un valor o el alcance de un disvalor origina desagrado, dolor.

 

12.-     La libertad es un valor cuya polaridad va de la sumisión al poder, con la búsqueda de un  tenue equilibrio comprometido entre ambas polaridades.

 

13.-     La paz es un valor cuyos alcances van de la serenidad a la violencia.

 

14.-     Valores de calidad humana entre los que  cuentan la dignidad, la decencia, la fidelidad, la lealtad y la honestidad, con sus contrapartes en los disvalores indignidad, corrupción  infidelidad, deslealtad y ruindad.

 

15.-     Valores ambientales referidos a los  aspectos ecológicos de la calidad de vida y a impulsos vitales biófilos, corresponden  a una ecofília, son el fundamento de la bioética y oscilan  entre la convivencia con el entorno y la destrucción del mismo lo que implica el disvalor del aniquilamiento del frágil equilibrio  telúrico.

 

El conjunto de los valores positivos, deseables, variables para cada cual,  jerarquizados en una escala de valores también diferente para cada cual, sustenta el concepto de la dignidad y la solidaridad humanas y constituye el  fundamento de los planteamientos humanísticos. En efecto el ser humano, soberbio y pretendido dominador de su ambiente ecológico interno, esto es  de sí mismo, y de su ambiente ecológico externo -todo ello  particularmente  y cada vez más desde  la época del renacimiento- se ha adjudicado todos los elementos valiosos  para diferenciarse  por ello de los otros animales en razón de:   su espiritualidad; su posibilidad de  alcanzar el éxtasis místico y  la noción de la infinitud; su esfuerzo  por llegar a  la santidad  en una comunicación religiosa, bajo  el imperio de lo sagrado y, en algunos casos,  contando con un dios hecho a la medida de sus propios deseos; su   búsqueda de la sabiduría  por el conocimiento y de la distinción entre los verdadero y lo falso. El animal humano es el  único generador de lo estético  y es el único creador, voluntario y no instintivo,  de la belleza a  través  de una constructividad   fina y delicada;  el único ser de la creación susceptible de  avizorar su  futuro y, por ende, de esforzarse  por lograr mejorar su calidad de vida y de contraponer las fuerzas   destructivas  a las constructivas a fin de prolongar su existencia terrena  y  acercarse a la posibilidad de ser inmortal;  el  único animal poeta, que concibe la posibilidad  de alcanzar la eternidad  a través de un amor sublime y  desinteresado;  que utiliza los valores éticos-morales para la consecución del bien, de la bondad, de la equidad y de la justicia; es también el único ser de la creación susceptible de salir fuera de sí (en muchos casos utilizando drogas enteogénicas) que lo hacen generador de diosas y dioses y por último, es el  único animal orientado hacia la  búsqueda del placer allende la satisfacción de los impulsos vitales y  que, además, considera que tiene la posibilidad de no buscarlo egoístamente  para así, altruistamente en el sacrificio, alcanzar  valores   más valiosos para los otros, todo ello en conjunción con los Dioses .

De todo lo anterior resulta doloroso el que sea claro, contradictorio, sorprendente, lamentable y a veces, para algunos,  conveniente que  -afirmando que el fin justifica los medios-  se utilicen disvalores,  como la deshonestidad, la traición, la codicia, la corrupción  y la felonía, en pro del logro de valores más altos en la jerarquía axiológica. Eso mismo puede suceder para acceder a otros disvalores considerados prioritarios. En estos casos se suelen  utilizar mecanismos de autoengaño, denegación, represión, olvido, distorsión de los acontecimientos; todo ello de modo más o menos racionalizado, para morigerar el sentimiento de culpa y restarle peso delictivo a las conductas resultantes de ese juego de valores y disvalores.

 

7.-       La telencefalización del animal humano

El cerebro es la parte más reciente en el desarrollo filogenético del encéfalo de los animales. El cerebro es el órgano de la mente y para muchos el órgano de  todo  lo psicológico incluyendo el alma como concepto  y  la espiritualidad  como trascendencia. 

 

En el encéfalo se consideran  -por niveles de complejidad y diferenciación crecientes- el encéfalo  posterior o metaencéfalo,  que tiene que hacer con los procesos  mas primitivos y vitales de supervivencia.  Sigue el rinoencéfalo,  o encéfalo olfatorio, cuya función se vincula con la sensibilidad más elemental,  común a todos los animales,  que es el olfato y con movimientos primarios; el rinoencéfalo ocupa un área muy grande del  encéfalo. Otra parte del encéfalo es el endoencéfalo o encéfalo  vísceral, interno, cuya actividad se vincula con  diferentes funciones de las vísceras; su distribución anatómica es bastante extendida y en diferentes núcleos. A un nivel funcional más alto está  el cerebro medio o cerebro intermedio  -también  llamado mesencéfalo, diencéfalo, o talamoencéfalo- que tiene que hacer con  aspectos de elaboración  de la  sensoralidad hacia la sensibilidad y  con movimientos más elaborados. Las partes más  avanzadas del encéfalo son  el prosencéfalo  o cerebro anterior  y el telencéfalo o cerebro terminal, que tienen que hacer con las funciones más elevadas del  animal humano.

 

El encéfalo es un órgano que forma parte de un sistema, como sucede con todos los órganos y sistemas animales,  destinado  a cumplir  determinadas funciones y que se organiza jerárquicamente de modo tal que  para el funcionamiento de una  parte se necesita la existencia de las partes  más primitivas y menos diferenciadas.

 

El  encéfalo humano viene pasando un proceso de  telencefalización esto  es la trasmisión al telencéfalo, en el proceso evolutivo filogenético,  del control de las  actividades nerviosas más complejas;  la transferencia al  telencéfalo  de funciones  nerviosas superiores o de relación  y el predominio de estas sobre las  instintivas, automáticas regidas  por las partes  subyacentes del  eje cerebroespinal. En el telencéfalo  se integra el enorme, complejo y delicadísimo  desarrollo anatómico y funcional alcanzado por el encéfalo del animal humano  (Cortada).

 

La telencefalización  ha puesto al ser humano en la cima de  las  posibilidades animales de creación  técnica  y expansión del conocimiento, de búsqueda asombrada, de creación poética, de generación de valores ideales, sustentado así todas las características que el humanismo adscribe al ser humano.

 

La telencefalización es un aspecto del desarrollo que  también sustenta las características opuestas a las deseables para el hombre, es decir permite el incremento y el refinamiento dialéctico  de todos los procesos humanos: el surgimiento de los valores va aparejado al de los disvalores. Estos no desaparecen por el proceso de telencefalización sino que por ello mismo pueden incrementarse tal como pueden enriquecerse los valores. El proceso de telencefalización no sigue pues una tabla de valores, ni implica una línea moral imperativamente deseable para el desarrollo.

 

8.-       La dialéctica,  el integracionismo y la sistémica

La dialéctica, planteada como la existencia de la negación en la propuesta (Valls), es un proceso del pensamiento por el cual se  hace  presentación  concomitante de planteamientos opuestos (Lao Tse) como tesis-antítesis y su eventual resolución en la síntesis (Hegel); ello permite la coexistencia  de los contradictorios  como  un sistema pendular  en que, por ejemplo,  la razón  puede conducir a la sinrazón y de ambas surge la otredad  conjuntiva; siguiendo la misma línea de pensamiento, resulta claro que la finitud entraña  infinitud, así como la infinitud contiene la finitud, lo bello entraña lo feo. No es necesario abundar en más ejemplos de contradicciones implícitas o explícitas concomitantes y complementarias.

 

Estos planteamientos dialécticos axiológicos coexisten   con otros procesos abstractivos del ser (estar) del hombre como son los impulsos, los valores y los disvalores, de modo tal  que el impulso puede ser origen de un valor o un disvalor.

 

El integracionismo (Ferrater) permite  fusionar los elementos  dialécticos,  de cada una de las parcelas abstractivas del ser, en un conjunto que se organiza como sistema  estructurado abierto en forma tal que la  modificación de una de las partes modifica la totalidad del sistema que a su vez puede ser, de hecho es, influido desde lo exterior al sistema (v. Bertalanffi). La complejidad de esto es tan infinita como su propia sencillez. La  totalidad integrativa de cada ser humano  entra en conjunción  con la de cada cual (cada uno de los otros) y a su vez todos están en intercambio continuo, dialéctico,  en  y con el entorno, generando sistemas abiertos de valores y disvalores, creando y destruyendo su existencia,   la de otros y la del mundo  en que  se vive.

 

Resulta de ello que  los  disvalores, inhumanos e indignos  del ser humano real, concebido como sistema abierto, pesan tanto como los valores  que  estructuran, clásicamente,  el sistema humanístico ideal semicerrado.

 

9.-       Los disvalores: el hombre contra sí mismo

Esto trae consigo la posibilidad de que tanto en el sí mismo como en la relación con la mismidad del otro surjan sustanciales diferencias axiológicas o valorativas: lo que en un momento es bueno para mí es, o puede ser, en otro momento malo. Asimismo lo que es malo como disvalor para mí puede ser lo bueno  y valioso  para el otro y viceversa. La identificación y  la enajenación, la armonía y el conflicto están tanto en la relación  conmigo  mismo cuanto en la relación con el otro.

 

El malestar espiritual  surge en función de la existencia del conflicto entre variantes valorativas de diferentes escalas de valores intraindividuales e interindividuales.  No se trata de la anomia, que significaría una falta de valores, sino  de la existencia de diferentes jerarquías de valores y de disvalores, o de una alteración en la elaboración axiológica, esto es una disnomia (Querol, 1966).  La situación disnómica intraindividual, la existencia dentro de mí mismo de determinados conflictos valorativos intrapsíquicos, la existencia en todos y cada uno de nosotros de conflictos valorativos -más o menos resueltos- con predominio de valores de un tipo o de otro,  generan conflictos intraindividuales,  así como  en la relación con los otros,  y constituyen el punto de partida disnómico fuente de toda relación violenta del hombre contra sí mismo y contra los otros hombres.

 

Las conductas violentas son las generadoras más importantes de malestar espiritual y, a su vez, el malestar espiritual es uno de los generadores más importantes de las conductas violentas; se trata de un proceso estructural sistémico abierto, como lo son la vida y la salud, con un componente moral tendiente a fines  teleológicos  y  teleonómicos (François) esto es que, tanto los fines como la moral, se modifican de acuerdo con la evolución del sistema.

 

            En la búsqueda de la realización de valores el hombre se topa con la trascendencia a la que se orienta, así él no se lo proponga.  Cuanto más propósito de trascendencia hay, más se aleja el animal humano -homo axiológico-  de los otros animales.  El problema es que la búsqueda de trascendencia puede corresponder a valores virtuales, que al ser plasmados en la realidad pueden ser buenos para quien los despliega y malos para quien sufre por el despliegue  de los presuntos  valores  buenos.

 

 

10.-     El inhumanismo histórico

De la misma manera que el humanismo pretender hacer  prevalecer al hombre ideal  como fundante, la historia demuestra que  los planteamientos de valor  (como axiología) no han sido los gestores de la historia.  Las lecturas de la  historia antes bien demuestran que el ser humano se esfuerza en la plasmación de valores-disvalores que lo tornan, es malo, cruel, injusto, generador de su propia protervia  y de dolor en sí y en el otro, que se orienta y tiende hacia su propia muerte   y la  del otro, a lo  que es llevado por el odio, por la codicia  y  por lo menos santo de su propia religión. El hombre  ha venido haciendo historia manejando  disvalores, tales como la crueldad, la falsía, la destructividad indiscriminada, la concusión, la colusión, la corrupción, la codicia que son disvalores, típica y  exclusivamente humanos, que hay que evitar. Ellos constituyen el inhumanismo, esto es la indignidad humana.

 

Es este mismo sentido de la inhumanización del hombre se plantea  el problema del diluvio informático bajo el cual, pese  a la globalización, el ser humano se mantiene aislado en una ignorancia supina donde  no solamente no alcanza la sabiduría sino que busca otras satisfacciones destructivas de su propio desarrollo que, en lo místico serían buscar el éxtasis, lo cual   con frecuencia lo hace vanamente sólo a través de la satisfacción de adicciones, incluso a sustancias tóxicas, con lo cual se resta la posibilidad de un nexo  valioso con el infinito que se le escapa cada vez más (Querol, 1999).

 

Frente a la posibilidad de desear, buscar, tener bienes  inasibles y ser valioso, el ser humano históricamente se  orienta también hacia  el desear, buscar, tener bienes asibles y llegar a ser  un ente anómico, vehemente y violentamente  agente de disvalores.  Hay que agregar que el ser  humano tiene una soberbia,  una ambición ilimitada y una violencia superiores a las de los otros animales,  que lo convierten en el animal más destructivo y mortífero de la faz de la tierra.  Estos procesos aniquiladores, conscientes e inconscientes, se desbordan dado que el ser humano no dispone, por lo menos aparentemente, de los