Lo humano y lo inhumano
en el hombre[1]
(un ensayo en torno a la
dialéctica posmoderna y su significado
para el tener y ser en el seno de multisistemas abiertos cambiantes)
Por Mariano Querol[2]
Contenido
........... Agradecimientos
2.- ...... Hitos y posicionamiento históricos
3.-....... Distintivos de la posmodernidad
4.-....... El hombre consigo mismo
6.-....... Los valores y el humanismo
7.-....... La telencefalización del animal humano
8.-....... La dialéctica, el integracionismo y la sistémica
9.-....... Los disvalores: el hombre contra sí mismo
10.-..... El inhumanismo histórico
11.-..... Sistemas y organización
12.-..... La dignidad de la organización
13.-..... Resumen sin conclusiones
14.- .... Referencias y notas bibliográficas
De entre el sinnúmero de personas que han permitido que este trabajo salga a la luz, por un mínimo de reconocimiento tengo que nombrar, muy especialmente al Dr. Rosendo Romero que fue el impulsor del tema; a Daniel Querol, mi hijo, que me ha seguido enseñando parte de lo que aquí se ha escrito; a Carlos Torres por la lectura atinada, crítica y enriquecedora del manuscrito; a Rocío Rojas por su dedicada, paciente, eficiente y pacificadora labor secretarial. Sin el aporte de todos y cada uno de ellos, las líneas que siguen no habrían tenido el valer, cualquiera que éste sea, que cada lector pueda atribuirles.
Lo que sigue no es una guía práctica de normas éticas y de conducta, constituye una lectura de los avatares de los conflictos, entre lo más oscuro y lo más luminoso del ser humano, que se suceden ininterrumpidamente en cada uno de nosotros. Por eso y porque el asunto compromete diferentes órdenes del saber es que se explora filosóficamente en el tema de la dignidad-indignidad del hombre teniendo en consideración que, sea cual sea el ser o la organización de que se hable, estas líneas van dirigidas a personas enfrentadas al reto de modificar, para bien, el mundo en que viven, a partir de una educación y cultura superiores, cumpliendo el anhelo de que "el arquetipo del individuo formado en el ámbito de la esencia universitaria, es aquel que alcanza una forma de vida, impecable y plena en un mundo que se esfuerza por abarcar con unción, merced a su visión sintetizadora y humanística." (Querol, 1967).
Tradicionalmente los periodos históricos han sido: la prehistoria que va desde la edad de piedra hasta la aparición de las primeras civilizaciones que usaron metales y símbolos para transmitir al futuro los hechos y acontecimientos de su presente; la edad antigua que va desde el surgimiento de hordas “civilizadas” y de asentamientos sociales hasta la caída del Imperio Romano en el siglo V D.C.; la edad media que transcurre desde ese entonces hasta fines del siglo XV con la toma de Constantinopla por los turcos, la expansión violenta de los europeos por el mundo y su llegada documentada a América, y el proceso del renacimiento, con su énfasis en el valer de la persona humana, en franca contradicción con la crueldad de las conquistas de las etnias más débiles por las más poderosas; la edad moderna que discurre desde esos momentos, a fines del S XIV, hasta la Revolución Francesa en 1789; a partir de ese acontecimiento empieza la usualmente llamada edad contemporánea que, implícitamente, dura hasta nuestros días. Ahora bien, como el término contemporáneo es aplicable para lo vivido de modo sincrónico en cada momento, la edad contemporánea es la que a cada cual de nuestros antepasados le tocó vivir en su momento, la que nos toca vivir a nosotros y la que les tocará a nuestros descendientes. Lo contemporáneo indica una sincronía y las edades, como las eras y los periodos, son planteamientos diacrónicos telúricos y de la historia.
Aquí se plantea que concluida la edad moderna, con la revolución francesa, lo que sigue es la posmodernidad, con las características que se indican en el numeral 2 y que se han ido afianzando cada vez más y más aceleradamente con el paso del tiempo, desde fines del siglo XVIII hasta fines del XX que corresponde al transcurso de la edad posmoderna.
Por otra parte la arqueología y la historia permiten darse cuenta que los periodos y edades –prehistóricos e históricas- van siendo cada vez más cortas; en vista de los cambios tan significativos que la posmodernidad ya ha traído consigo, es dable pensar que los momentos que vivimos presagian el comienzo de una nueva edad en la historia de la humanidad.
Por lo que concierne a la posmodernidad que nos toca vivir ella tiene características, en lo que respecta al proceso de cambio generado a partir del accionar del ser humano, que podrían plantearse, sin pretender ser exhaustivos, como:
1.- El inmenso desarrollo tecnológico con adelantos omnímodos, esto es abarcativos, cada vez más acelerados. Entre ellos cabe destacar:
1.1.- La industrialización, la automatización, la internacionalización, la masificación informativa, la mundialización de ideologías contradictorias y la globalización por redes energéticas. Todas ellas constituyen procesos muy desiguales, variables según las regiones, etnias y países lo que, a la larga, ha significado un estrechamiento de vínculos así como un aumento de las diferencias: por ejemplo la sima existente entre los diferentes países, en el comienzo de la posmodernidad, se ha visto agigantado por la paradigmática diferencia entre países desarrollados y subdesarrollados, más marcada por el desequilibrio de fuerzas entre los que fueron países colonizadores y países colonizados. En la actualidad esta diferencia se ha agrandado y diversificado y, entre países desarrollados y subdesarrollados, la brecha se va haciendo más grande y más insalvable a medida que el tiempo pasa.
1.2.- La fisión atómica que, por lo mismo que ha sido realizada, determina una contradicción con el hecho de que ésta era se viene llamando la era atómica cuando, en realidad, durante la posmodernidad, se ha pasado de la era atómica a la era tómica en que la última partícula del cosmos, pensada como indivisible, ha sido hecha explosionar, permitiendo reconocer la continuidad, la coexistencia, la mutabilidad, la reversibilidad y la relatividad de materia y energía.
2.- La mayor atención puesta, sobre todo a partir de comienzos del siglo XIX, en la libertad del individuo y la igualdad de los seres humanos, enfatizando el valer de la dignidad y de los derechos humanos, asunto que, salvo excepciones, ni se ponía en consideración en siglos anteriores y que ha traído consecuencias fundamentales tales como:
2.1.- La abolición de la esclavitud que aunque todavía no es total va siendo, por lo menos aparentemente, cada vez más completa.
2.2.- El reconocimiento de los derechos del niño.
2.3.- La liberación de la mujer, promovida por la mujer, y su conquista, jalonada de violencia, de la igualdad con el varón, fundamentos estos de la revolución sexual.
Estos hechos han significado, en forma teórica y práctica, una duplicación de las fuerzas de la humanidad en lo que concierne a creación y valimiento. La incorporación de la mujer a lo político, su acceso a las profesiones, antes consideradas como terreno del varón, y el reconocimiento de la labor doméstica como una profesión constituyen aspectos fundamentales de la posmodernidad.
3.- La continua creación, progresión y difusión, de la cosmovisión, de la concepción del mundo y de la concepción de sí mismo del ser humano a través de un metafilosofar, algunos de cuyos componentes son:
3.1.- Una relativización creciente del concepto de lo absoluto con merma del pensamiento dogmático.
3.2.- Revisión de la ética absoluta y asunción de varias éticas posibles.
3.3.- La puesta en tela de juicio de las categorías, apodícticas, con aceptación de la existencia de contradicciones posibles en cada una de ellas -que una cosa puede ser lo que no es, que una cosa no es forzosamente idéntica a sí misma- gracias al manejo creciente del pensamiento dialéctico frente a la asimilación identificatoria, como equivalencia axiomática, de la razón con la lógica, de la idea con lo absoluto y de lo dogmático con lo verdadero.
3.4.- Manejo de las concepciones sistémicas e integrativas conducentes al planteamiento, cada vez más frecuente, de la multicausalidad fenoménica y conductual.
3.5.- Surgimiento de la concepción de la salud como calidad de vida, reconocimiento del valor de lo ecológico, la búsqueda de un desarrollo sustentable y los esfuerzos por la implementación de los planteamientos de la bioética.
3.6.- Flexibilización del pensamiento positivista, cientificista y dogmático, con disminución del maniqueísmo de la igualdad inequitativa y del imperio de la razón, tal como lo plantea Octavio Paz: “El siglo XIX heredó de la Enciclopedia la idea de un hombre universal, el mismo en todas las latitudes; nosotros, en el siglo XX, hemos descubierto al hombre plural, distinto en cada parte. La universalidad para nosotros no es el monólogo de la razón sino el diálogo de los hombres y las culturas. Universalidad significa pluralidad”.
Cuando estoy en soledad estoy conmigo, soy yo (en inglés “I”, en griego “ego”) y mi mismidad en inglés (“myself”); no estoy pues solo: de la unidad he pasado a la dualidad. Estoy yo con esa parte profunda de mi mismidad (según Juan Pablo II esa parte es Dios, cosa discutible y con tufo a soberbia, salvo que, con posición panteísta, eso mismo sea válido para cualquier ser o ente –desde un orangután hasta un grano de arena, desde una guerra hasta una obra de arte-) que está forzosa y libremente conmigo mismo. Lo cierto es que esa dualidad que soy yo no solamente es sino que está en algún lugar y tiempo. Empero no hay sólo dos componentes (dialécticos, antinómicos, complementarios), sino tres: la unidad, que es dualidad, pasa a la noción de otra dualidad. La primera está estructurada por lo que es el yo y la mismidad a lo que se agrega el algo (Ricoeur), esto es la realidad temporoespacial. Ese algo, bien sea dentro de mí o fuera de mí, soy yo mismo y algo, lo que viene a ser: estoy con y en mi ambiente interno y en el ambiente fuera de mí, esto es que estoy yo con mi ecología interna y mi ecología externa. Se trata pues del hombre consigo mismo y con su ambiente externo. La unidad contiene la dualidad, que deviene en trinidad dentro de la unidad. Verbalizo así el animismo primitivo, una forma encubierta de la trinidad que, en este caso, no es creación resultante de un algo o alguien (dios, demonio u otro constructor también surgido de mi mismidad) aparentemente ajeno a mí, sino que surge de mi interioridad en tanto que no puedo escapar a mi ser-estar solo: no creo en Dios, creo a dios. Esto es soy yo solamente el que estoy enfrentado al mundo, y contenido en él, en una concepción dialéctica de comienzo-fin, finitud-infinitud, centramiento-expansión. Estas dualidades se dan no solamente aquí sino también allá, de lo que resulta mi trascendencia y por ende la (mi) espiritualidad como posibilidad de un estar en otro orden (sitio, mundo, estrato, contexto, cosmos) sin ello forzosamente tener que ser percibido, por mí o por otro. La intuición, la clarividencia, el éxtasis, lo esotérico, la telepatía, el espíritu del vino, de las cocciones brujescas, mágicas, shamánicas, permitían, y permiten, la expansión -enteogénica o no, esto es generadora de dioses o no- del ser hacia lo infinito. Estar aquí y ahora (finito) y ser (infinito) constituyen, como todas las dualidades, la posibilidad de una trinidad múltiple que se esboza con el surgimiento de la dualidad finitud-infinitud y su integración en el algo: algo hay aquí o ahí, algo debe haber, algo debe haber habido aquí, algo debe haber después, algo debe haber habido antes del después y así sucesivamente y de modo infinitamente indefinido, definible sólo y dudosamente a través del pensar y del filosofar como ya lo hicieron los taoístas hace alrededor de cuatro mil años (Lao Tse), en la búsqueda del ser misterioso de lo desconocido (Boorstin), sin desmedro que nuestro destino sea el lograr, por momentos y gracias a nuestra afán de comprender, aprehender que el conocimiento está en saber que se desconoce. Cada ser es el centro de su universo (no es pues de sorprender la diversidad, valedera, de cosmovisiones) al que da origen y modifica: de lo individual surge lo social.
La etología estudia la conducta tanto de los seres humanos como de los otros animales. Los animales se expresan en su conducta cuyo medio de ejecución es el cuerpo. En la conducta del animal humano hay que tener en cuenta el juego de fuerzas que surgen de dentro como impulsos –esto es los instintos que en el caso del hombre están algo modificados, cuando menos periféricamente, por fuerzas que vienen del exterior como mandatos y normas educativas, sociales, culturales y étnicas-. Ellos constituyen fuerzas, que se manifiestan como necesidades, que requieren satisfacción, que se orientan hacia el buscar, conseguir y tener, a veces tener y dar, otras veces esperar y recibir, tener y retener, posibilidades estas que se entremezclan entre sí, teleológicamente con la expectativa de lograr y recibir y, sobre todo en el animal humano, con la posibilidad consciente y voluntaria de esperar, postergando la satisfacción del impulso. Los diversos impulsos básicos como el comer, beber, socializarse, dormir, defecar y orinar, asombrarse, conocer y crear, autoafirmarse, imponerse y prevalecer, constituyen procesos tendientes no solo a la manutención del cuerpo sino conducentes a la realización de esencias trascendentes –que van mas allá de la propia existencia física- tales como serían las éticas, las religiosas, las sociales, las estéticas, las políticas y las de conocimiento. Estos impulsos confieren tonalidad teleonómica (esto es cuyas metas no son objetivos teleológicos racionales, sino tendientes a lograr metas normativas esenciales) al estilo de vida personal (v. Bertalanffi).
Con frecuencia y en grado variable estos impulsos se combinan con
apetencia, afán, ansia, deseo de lograr
el fin propuesto y devienen en una
compulsión, o un conjunto de compulsiones, conformando verdaderas adicciones. Lo deseable, deseado y ansiado hasta el paroxismo de la repetición, por búsqueda de
satisfacción que resulta insatisfactoria, puede ser el éxtasis espiritual, la iluminación religiosa, el reconocimiento social, la plasmación
estética, la obtención de poder, el alcanzar el conocimiento, el ansia de la verdad, el tener (acumular)
bienes asibles, lo que incluye la acumulación del dinero esto es la
codicia numularia, el recibir el cariño de otro, el placer, la realización erótica. Lo común a todas
estas búsquedas es que el intento indiscriminado y compulsivo de satisfacer la
insatisfacción de cualquier impulso,
constituye la adicción.
Aunque no son impulsos básicos hay que incluir las fuerzas, a veces más poderosas
que las surgidas directamente de los impulsos, brotadas de la añoranza de lo
que se intuye que no se tiene, el ansia de lograr lo que no se ha logrado así sea lo inalcanzable desconocido, el sufrir por
aquello que no se logra, el lamentarse
–más o menos poética o violentamente-
como expresión de la frustración por aquello que no se tiene y que constituye el furor de los desadaptados,
el lamento de los desvalidos y de los
que no logran sus objetivos, así sean
estos justos y equitativos y así estén orientados a la búsqueda de valores.
Los impulsos,
siempre poderosísimos aunque no siempre expresados como tales sino, metafóricamente, traducidos en la figura de otro impulso, incluso uno que
sea contradictorio, aparecen como una
necesidad, más o menos imperiosa, que busca una
satisfacción más o menos inmediata, que conduce a la búsqueda, incluso
criminosa e insana, del logro anhelado y
confiere a esta ansia el carácter
destructivo en vez de constructivo, malsano
en vez de saludable.
La satisfacción de impulsos genera una gran satisfacción
personal, más o menos duradera y usualmente sólo pasajera, resultante en
autoafirmación variable según las
personas, que refuerza la repetición de la conducta mientras sea generadora de placer hasta que el placer se convierte en un
objetivo en si, sin consideración con algo que puede tener un contenido
altruista: la satisfacción se torna totalmente egoísta. Esta búsqueda adictiva
del placer constituye, una de las características de la posmodernidad
y del hombre contemporáneo, la buena parte asentada en la crisis de la religión
y de lo histórico como posibilidad de construir paraísos utópicos, lo que
afinca al ser humano en el goce de su
presente.
Sin perder de vista lo económico, el término valor se utiliza
aquí más bien con connotación de nivel de calidad de vida humana, con un
matiz ético-moral, como el conjunto de
aquello que conforma la axiología (del griego axioma, que originalmente es
dignidad), que se ha considerado
como el fundamento de lo que debe
ser el hombre. La axiología se ocupa justamente de aquello
que por su alto valor y valer es susceptible de mantenerse y enaltecerse, y se
ha considerado como el fundamento de algo que no necesita ser demostrado por
ser evidente y reconocido por todos.
Esto último no es usualmente aceptado el día de hoy ya que es cada vez
más predominante la concepción y los planteamientos que asumen los valores
como relativos. Los valores tienen características que se resumen en:
1.- El valer, es decir, que todo valor es polivalente, válido, y en ese sentido puede ser deseable o indeseable, esto es un disvalor.
2.- Objetividad
ya que no dependen de las preferencias individuales sino que se asume que se
dan en una esfera ontológica diferente al ser propiamente
dicho.
3.- Son interdependientes tanto entre sí como en su
relación a las cosas. Son predicaciones
del ser; en algunos casos se consideran
que son objetivos del ser; o deberes del ser; constituyendo la deontología (deon, -ontos:deber).
4.- Polaridad.
Este componente del valor hace que cada
valor tenga su contraparte: a un
valor “positivo” se contrapone un valor
“negativo”; a estos valores “negativos”
se los denomina disvalores. La polaridad puede
variar, según las escalas de valores, lo
que es valor positivo en una puede ser
negativo en otras.
5.- Los
valores son entidades no mensurables ni precisables
y tienen validez cualitativa más no cuantitativa. Hay quienes
hablan de una jerarquía de los valores pero el ordenamiento constituye un proceso
subjetivo que hace que las jerarquías valorativas, o tablas de valores, varíen.
6.-
Los valores son cambiantes por su
surgimiento en las diferentes edades históricas, por la perspectiva que en cada
momento histórico se tiene en cuanto a
la concepción del mundo y porque varían con
la cultura en general y en función de los componentes religiosos, la etnicidad y otros factores que van cambiando con el
tiempo.
Por lo dicho es claro que el tema de los valores está siempre en revisión. Se presentan a continuación aquellos que pueden considerarse fundamentales en nuestra cultura y que afectan nuestro diario vivir.
1.- Valores
éticos (morales), donde la contraposición es entre bueno y malo, y lo deseable es la consecución del bien (Wolf).
2.- Los
valores morales (éticos) cuyos polos van de lo justo a lo injusto con búsqueda de la equidad y de la justicia.
3.- Valores
eróticos cuya polaridad va de lo erótico propiamente dicho (de eros
amor) al rechazo (lo fóbico) en la búsqueda del amor.
4.- Valores
vitales donde se contraponen la vida (bios) y la muerte (tánatos)
y se pone en juego la concepción de la
inmortalidad como supervivencia.
5.- Valores
bioéticos en los que la polaridad es el
bienestar–malestar humano y lo deseable
es el fomento de la calidad de la vida del hombre.
6.-
Valores estéticos donde se contraponen
lo bello y lo feo en lo que será la concepción del arte.
7.- Los
valores del conocimiento,
verdadero-falso, con la posibilidad de
alcanzar la sabiduría.
8.-
Los valores religiosos, donde se confronta lo sagrado con lo profano, en la
búsqueda de la santidad.
9.- Valores
místicos que van de lo finito (finitud)
a lo infinito y cuyo camino es el
éxtasis.
10.- Los
valores espirituales que van de la inmanencia a la trascendencia con búsqueda
de esta última, como o en la eternidad en el más alto sentido. Hay
quienes consideran que todo valor lleva consigo un componente espiritual.
11.- Valores hedonísticos con la polaridad desagrado–agrado y que se orientan hacia la búsqueda del placer. El acercamiento a cada valor es fuente de valor hedonístico agradable; la frustración en el logro de un valor o el alcance de un disvalor origina desagrado, dolor.
12.- La libertad es un valor cuya polaridad va de la sumisión al poder, con la búsqueda de un tenue equilibrio comprometido entre ambas polaridades.
13.- La paz es un valor cuyos alcances van de la serenidad a la violencia.
14.- Valores de calidad humana entre los que cuentan la dignidad, la decencia, la fidelidad, la lealtad y la honestidad, con sus contrapartes en los disvalores indignidad, corrupción infidelidad, deslealtad y ruindad.
15.- Valores ambientales referidos a los aspectos ecológicos de la calidad de vida y a impulsos vitales biófilos, corresponden a una ecofília, son el fundamento de la bioética y oscilan entre la convivencia con el entorno y la destrucción del mismo lo que implica el disvalor del aniquilamiento del frágil equilibrio telúrico.
El conjunto de los valores positivos, deseables, variables para cada cual, jerarquizados en una escala de valores también diferente para cada cual, sustenta el concepto de la dignidad y la solidaridad humanas y constituye el fundamento de los planteamientos humanísticos. En efecto el ser humano, soberbio y pretendido dominador de su ambiente ecológico interno, esto es de sí mismo, y de su ambiente ecológico externo -todo ello particularmente y cada vez más desde la época del renacimiento- se ha adjudicado todos los elementos valiosos para diferenciarse por ello de los otros animales en razón de: su espiritualidad; su posibilidad de alcanzar el éxtasis místico y la noción de la infinitud; su esfuerzo por llegar a la santidad en una comunicación religiosa, bajo el imperio de lo sagrado y, en algunos casos, contando con un dios hecho a la medida de sus propios deseos; su búsqueda de la sabiduría por el conocimiento y de la distinción entre los verdadero y lo falso. El animal humano es el único generador de lo estético y es el único creador, voluntario y no instintivo, de la belleza a través de una constructividad fina y delicada; el único ser de la creación susceptible de avizorar su futuro y, por ende, de esforzarse por lograr mejorar su calidad de vida y de contraponer las fuerzas destructivas a las constructivas a fin de prolongar su existencia terrena y acercarse a la posibilidad de ser inmortal; el único animal poeta, que concibe la posibilidad de alcanzar la eternidad a través de un amor sublime y desinteresado; que utiliza los valores éticos-morales para la consecución del bien, de la bondad, de la equidad y de la justicia; es también el único ser de la creación susceptible de salir fuera de sí (en muchos casos utilizando drogas enteogénicas) que lo hacen generador de diosas y dioses y por último, es el único animal orientado hacia la búsqueda del placer allende la satisfacción de los impulsos vitales y que, además, considera que tiene la posibilidad de no buscarlo egoístamente para así, altruistamente en el sacrificio, alcanzar valores más valiosos para los otros, todo ello en conjunción con los Dioses .
De todo lo anterior resulta doloroso el que sea claro, contradictorio, sorprendente, lamentable y a veces, para algunos, conveniente que -afirmando que el fin justifica los medios- se utilicen disvalores, como la deshonestidad, la traición, la codicia, la corrupción y la felonía, en pro del logro de valores más altos en la jerarquía axiológica. Eso mismo puede suceder para acceder a otros disvalores considerados prioritarios. En estos casos se suelen utilizar mecanismos de autoengaño, denegación, represión, olvido, distorsión de los acontecimientos; todo ello de modo más o menos racionalizado, para morigerar el sentimiento de culpa y restarle peso delictivo a las conductas resultantes de ese juego de valores y disvalores.
El cerebro es la parte más reciente en el
desarrollo filogenético del encéfalo de los animales. El cerebro es el órgano de la mente y para muchos el
órgano de todo lo psicológico incluyendo el alma como
concepto y la espiritualidad como trascendencia.
En el encéfalo se consideran -por niveles de complejidad y diferenciación crecientes- el encéfalo posterior o metaencéfalo, que tiene que hacer con los procesos mas primitivos y vitales de supervivencia. Sigue el rinoencéfalo, o encéfalo olfatorio, cuya función se vincula con la sensibilidad más elemental, común a todos los animales, que es el olfato y con movimientos primarios; el rinoencéfalo ocupa un área muy grande del encéfalo. Otra parte del encéfalo es el endoencéfalo o encéfalo vísceral, interno, cuya actividad se vincula con diferentes funciones de las vísceras; su distribución anatómica es bastante extendida y en diferentes núcleos. A un nivel funcional más alto está el cerebro medio o cerebro intermedio -también llamado mesencéfalo, diencéfalo, o talamoencéfalo- que tiene que hacer con aspectos de elaboración de la sensoralidad hacia la sensibilidad y con movimientos más elaborados. Las partes más avanzadas del encéfalo son el prosencéfalo o cerebro anterior y el telencéfalo o cerebro terminal, que tienen que hacer con las funciones más elevadas del animal humano.
El encéfalo es un órgano que forma parte de un sistema, como sucede con todos los órganos y sistemas animales, destinado a cumplir determinadas funciones y que se organiza jerárquicamente de modo tal que para el funcionamiento de una parte se necesita la existencia de las partes más primitivas y menos diferenciadas.
El encéfalo humano viene pasando un proceso de telencefalización esto es la trasmisión al telencéfalo, en el proceso evolutivo filogenético, del control de las actividades nerviosas más complejas; la transferencia al telencéfalo de funciones nerviosas superiores o de relación y el predominio de estas sobre las instintivas, automáticas regidas por las partes subyacentes del eje cerebroespinal. En el telencéfalo se integra el enorme, complejo y delicadísimo desarrollo anatómico y funcional alcanzado por el encéfalo del animal humano (Cortada).
La telencefalización ha puesto al ser humano en la cima de las posibilidades animales de creación técnica y expansión del conocimiento, de búsqueda asombrada, de creación poética, de generación de valores ideales, sustentado así todas las características que el humanismo adscribe al ser humano.
La telencefalización es un aspecto del desarrollo que también sustenta las características opuestas a las deseables para el hombre, es decir permite el incremento y el refinamiento dialéctico de todos los procesos humanos: el surgimiento de los valores va aparejado al de los disvalores. Estos no desaparecen por el proceso de telencefalización sino que por ello mismo pueden incrementarse tal como pueden enriquecerse los valores. El proceso de telencefalización no sigue pues una tabla de valores, ni implica una línea moral imperativamente deseable para el desarrollo.
La dialéctica, planteada como la existencia de la negación en la propuesta (Valls), es un proceso del pensamiento por el cual se hace presentación concomitante de planteamientos opuestos (Lao Tse) como tesis-antítesis y su eventual resolución en la síntesis (Hegel); ello permite la coexistencia de los contradictorios como un sistema pendular en que, por ejemplo, la razón puede conducir a la sinrazón y de ambas surge la otredad conjuntiva; siguiendo la misma línea de pensamiento, resulta claro que la finitud entraña infinitud, así como la infinitud contiene la finitud, lo bello entraña lo feo. No es necesario abundar en más ejemplos de contradicciones implícitas o explícitas concomitantes y complementarias.
Estos planteamientos dialécticos axiológicos coexisten con otros procesos abstractivos del ser (estar) del hombre como son los impulsos, los valores y los disvalores, de modo tal que el impulso puede ser origen de un valor o un disvalor.
El integracionismo (Ferrater) permite fusionar los elementos dialécticos, de cada una de las parcelas abstractivas del ser, en un conjunto que se organiza como sistema estructurado abierto en forma tal que la modificación de una de las partes modifica la totalidad del sistema que a su vez puede ser, de hecho es, influido desde lo exterior al sistema (v. Bertalanffi). La complejidad de esto es tan infinita como su propia sencillez. La totalidad integrativa de cada ser humano entra en conjunción con la de cada cual (cada uno de los otros) y a su vez todos están en intercambio continuo, dialéctico, en y con el entorno, generando sistemas abiertos de valores y disvalores, creando y destruyendo su existencia, la de otros y la del mundo en que se vive.
Resulta de ello que los disvalores, inhumanos e indignos del ser humano real, concebido como sistema abierto, pesan tanto como los valores que estructuran, clásicamente, el sistema humanístico ideal semicerrado.
Esto
trae consigo la posibilidad de que tanto en el sí mismo como en la relación con
la mismidad del otro surjan sustanciales diferencias axiológicas o valorativas:
lo que en un momento es bueno para mí es, o puede ser, en otro momento malo.
Asimismo lo que es malo como disvalor para mí puede
ser lo bueno y valioso para el otro y viceversa. La identificación
y la enajenación, la armonía y el
conflicto están tanto en la relación
conmigo mismo cuanto en la
relación con el otro.
El
malestar espiritual surge en función de
la existencia del conflicto entre variantes valorativas de diferentes escalas
de valores intraindividuales e
interindividuales. No se trata de la
anomia, que significaría una falta de valores, sino de la existencia de diferentes jerarquías de
valores y de disvalores, o de una alteración en la elaboración axiológica, esto
es una disnomia (Querol, 1966). La situación disnómica intraindividual, la
existencia dentro de mí mismo de determinados conflictos valorativos
intrapsíquicos, la existencia en todos y cada uno de nosotros de conflictos
valorativos -más o menos resueltos- con predominio de valores de un tipo o de
otro, generan conflictos intraindividuales, así como
en la relación con los otros, y
constituyen el punto de partida disnómico fuente de toda relación violenta del
hombre contra sí mismo y contra los otros hombres.
Las
conductas violentas son las generadoras más importantes de malestar espiritual
y, a su vez, el malestar espiritual es uno de los generadores más importantes
de las conductas violentas; se trata de un proceso estructural sistémico
abierto, como lo son la vida y la salud, con un componente moral tendiente a
fines teleológicos y teleonómicos (François) esto es
que, tanto los fines como la moral, se modifican de acuerdo con la evolución
del sistema.
En la búsqueda de la realización de
valores el hombre se topa con la trascendencia a la que se orienta, así él no
se lo proponga. Cuanto más propósito de
trascendencia hay, más se aleja el animal humano -homo axiológico- de los otros animales. El problema es que la búsqueda de
trascendencia puede corresponder a valores virtuales, que al ser plasmados en
la realidad pueden ser buenos para quien los despliega y malos para quien sufre
por el despliegue de los presuntos valores
buenos.
De la misma manera que el humanismo pretender hacer prevalecer al hombre ideal como fundante, la historia demuestra que los planteamientos de valor (como axiología) no han sido los gestores de la historia. Las lecturas de la historia antes bien demuestran que el ser humano se esfuerza en la plasmación de valores-disvalores que lo tornan, es malo, cruel, injusto, generador de su propia protervia y de dolor en sí y en el otro, que se orienta y tiende hacia su propia muerte y la del otro, a lo que es llevado por el odio, por la codicia y por lo menos santo de su propia religión. El hombre ha venido haciendo historia manejando disvalores, tales como la crueldad, la falsía, la destructividad indiscriminada, la concusión, la colusión, la corrupción, la codicia que son disvalores, típica y exclusivamente humanos, que hay que evitar. Ellos constituyen el inhumanismo, esto es la indignidad humana.
Es este mismo sentido de la inhumanización del hombre se plantea el problema del diluvio informático bajo el cual, pese a la globalización, el ser humano se mantiene aislado en una ignorancia supina donde no solamente no alcanza la sabiduría sino que busca otras satisfacciones destructivas de su propio desarrollo que, en lo místico serían buscar el éxtasis, lo cual con frecuencia lo hace vanamente sólo a través de la satisfacción de adicciones, incluso a sustancias tóxicas, con lo cual se resta la posibilidad de un nexo valioso con el infinito que se le escapa cada vez más (Querol, 1999).
Frente a la posibilidad de desear, buscar, tener bienes inasibles y ser valioso, el ser humano históricamente se orienta también hacia el desear, buscar, tener bienes asibles y llegar a ser un ente anómico, vehemente y violentamente agente de disvalores. Hay que agregar que el ser humano tiene una soberbia, una ambición ilimitada y una violencia superiores a las de los otros animales, que lo convierten en el animal más destructivo y mortífero de la faz de la tierra. Estos procesos aniquiladores, conscientes e inconscientes, se desbordan dado que el ser humano no dispone, por lo menos aparentemente, de los